No es que este amor duela, es que está enquistado en lo hondo, es una llaga a la que le metes tus uñas, es una herida que se abre más y más, que no cierra.
No es que no te quiera, te quiero, me dueles, me duele todo. Me partí.
Ya no eres tú, eres otro tú, un desconocido. Un ausente. No estás allí donde te llevo.
Es que me faltas. Sólo tengo tu ausencia. Y eso duele aún más que si no estuvieras. No estás, no tú, no el tú que me quería.
El de ahora, el tú verdadero supongo, no me conoce, ha dejado de leerme, ha dejado de entrever. Ha dejado de mirarme, se ha vuelto ciego y me ha hecho invisible. Y no sé si quiero conocerlo.
Lo peor no es que te dejen, lo peor es que ya no estás. Ya no cuentas. Ya no eres.
Necesito creer que todo saldrá bien, necesito escucharte decir que me irá bien, que cuento contigo, que estás ahí. Pero es mentira. No estás. Ni lo estarás nunca.
Tu vida sigue tal cual, más libre quizá, mejor entonces. Rectifico, tu vida no sigue igual, tu vida ha mejorado. La mía no ha empezado, la mía se debate entre la vida y la muerte. Entre seguir y parar.
Y duele. Rompe. Quiebra. Es una hostia tras otra. Es una estafa, eso es lo que es.
Porque no sé si saldré de esta, de esto, de lo que sea. Porque he perdido mis alas. Porque el después no creo que me importe. No sé si tengo interés en conocer qué nueva jugada me espera tras la puerta. Ya pasé lo mío. No admito más estafas.
Me planto.
Me niego a seguir. Me niego a caer más. Me niego a creer. Prefiero no levantarme.
Me planto.
No pienso levantarme. Ni de coña. No.
Que se joda el mundo, ya me da igual.
Que se joda todo.
¡A la mierda!
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